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lunes, 4 de abril de 2011

CAMBIOS EN LA PIRÁMIDE ALIMENTICIA

La pirámide alimentaria es un modelo básico y sencillo usado para la educación en temas relacionados con la nutrición, debido a que gráficamente es posible explicar los grupos de alimentos y su frecuencia de consumo.

La finalidad del cambio en partes de la pirámide alimentaria es la mejora de los hábitos alimentarios. Las modificaciones que se proponen son: 

     - Base de la pirámide: Se propone que la base de la pirámide se componga de frutas y hortalizas en vez de los farináceos (cereales, derivados de cereales y tubérculos) debido a que son los alimentos que hasta ahora han aportado evidencias en la prevención de diversas enfermedades crónicas como el cáncer. Aquí, pues, encontramos algunos de los alimentos funcionales de origen natural.

    - Cereales INTEGRALES: Se encontrarían un escalón por encima de las frutas y la hortalizas. El consumo de cereales integrales aumentaría la ingesta de fibra en la dieta, tan pobre en nuestro modelo alimenticio. Gran parte de la población no llega a consumir los 25-30 gramos al día recomendados.

    - Debería contemplar la grasa cardiosaludable sin incluirla en el grupo de consumo moderado y ocasional en la cúspide de la pirámide. Un buen ejemplo de este tipo de grasa es el aceite de oliva o algunos frutos secos, los cuales no sólo aportan gran cantidad de compuestos antioxidantes, como el caso del aceite de oliva, sino que los frutos secos van a aportar ácidos grasos esenciales imprescindibles en nuestra alimentación. Ambos tipos de alimentos van a aportar ácidos grasos poliinsaturados que son los responsables de las mejoras en enfermedades relacionadas con el corazón, entre otras.

    -  Hay que diferenciar también entre los diferentes tipos de lácteos, puesto que su consumo es necesario debido a que son la principal fuente de calcio (aunque no la única), pero no todos aportan los mismos macronutrientes ni las mismas kilocalorías. No se pueden consumir pensando que son equiparables, puesto que no es así. El mejor ejemplo lo representa la diferencia de grasa que poseen los diferentes tipos de lácteos, es decir, cuando la leche entera te aporta por 100 gramos (100 ml) unos 3,5 gramos de grasa, un queso curado puede aportar hasta 30 gramos de grasa por 100 gramos de producto.



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